domingo 12 de julio de 2009

tipos de viajero (1): El viajero extraviado


Entre dos puntos cualesquiera, el viajero extraviado tomará inevitablemente el camino más largo. Entre una calle tortuosa y una amplia avenida, escogerá siempre la primera.


El viajero extraviado nunca deja el camino y se pierde incluso en las ciudades que conoce. Cuando no tiene nada que hacer le da por buscar plazas encajonadas entre bloques de ladrillo, polideportivos cubiertos de pintadas chismosas. Aunque pueda parecer aburrido, el viajero extraviado disfruta con estos paisajes cotidianos y hasta se sienta en los bancos a mirar pasar a la gente, igual que los viejos. Porque lo que más le gusta a los viajeros extraviados es precisamente adivinar a través de las caras y los gestos de la gente sus más íntimas miserias.


El viajero extraviado –al contrario que le sucede al viajero coleccionista, del que hablaremos más adelante–, no se pone nervioso cuando llueve o descubre que el monumento que tanto quería ver cierra el día en que fue a visitarlo. El viajero extraviado prefiere incluso no mirar los horarios de los trenes, y si lo hace es porque le angustia la idea de perderse para siempre en una ciudad interminable.


El viajero extraviado es capaz de emprender varios viajes a la vez e imaginar que pasea por una ciudad cuando lo hace por otra. A veces, mientras mira al mar desde una cafetería, lee un libro en el que se habla de altas montañas nevadas. El viajero extraviado sonríe entonces, tal vez porque la razón de sus viajes es precisamente esa sensación de lejanía y libertad. O tal vez porque al no encontrarse en ningún lugar llega a comprender que todo su recorrido es, visto desde el cielo, un trazo circular sobre las delgadas líneas del mapa.




Foto de Neddy y obra de Perejaume de la serie los horizontes y las cinturas.

martes 30 de junio de 2009

Eyüp

En Eyüp, al final del Cuerno de Oro, siempre hay bodas y niños vestidos de principito que esperan su circuncisión, cafeterías y restaurantes, tiendas de coranes y rosarios, fotos de la Meca.


En el centro hay también una plaza de hormigón con una gran fuente y la famosa mezquita que da nombre al barrio. A pesar de su pequeño tamaño, se trata de un importante lugar de peregrinación y aquí está enterrado (san) Eyüp Sultán. Frente a su tumba, un bulto verde apenas visible por las rejas, siempre hay gente rezando.


Y sin embargo, el bello patio de la mezquita, con su cerámica de Iznik y su árbol milenario, no es lo más interesante de Eyüp. Ni siquiera el folclore musulmán, el verdadero motivo por el que los turistas nos acercamos allí. Lo más curioso de Eyüp es su leyenda, tan milenaria como Mahoma, el más grande de los profetas. Porque al santo que cientos de peregrinos y devotos estambulíes vienen a honrar fue, nada más y nada menos, que un amigo íntimo del profeta. Abu Ayyub al-Ansari, que es como se llamaba este gran hombre, no solo alojó a Mahoma en su casa sino que escribió algunos de sus dichos e incluso peleó fieramente en su nombre contra los infieles. Tan fieramente que acabó muriendo muy lejos de su Arabia natal, aquí mismo, frente a las murallas de la entonces invencible Constantinopla.


Pero lo más sorprendente de toda esta historia es lo que pasó ochocientos años después, cuando Mehmet II conquistó definitivamente la ciudad para los musulmanes. Hasta entonces Abu Ayyub al-Ansari había sido un muerto sin nombre, una lápida más cubriéndose con el fango del Cuerno de Oro. Y hubiera seguido así sino hubiera sido por Akşemsettin, un visionario de la corte del conquistador encargado de buscar la tumba en los arrabales de la ciudad.


Akşemsettin buscó en vano durante una semana hasta que un día, mientras rezaba, sintió como un extraño sopor le invadía. Sus labios siguieron aún orando un rato pero su conciencia fue desmoronándose en un pesado sueño, resbalándose hasta lo más hondo de sí mismo. Akşemsettin nunca supo cuanto tiempo estuvo en ese estado y más tarde sólo logró recordar el canto hipnótico de los almuecines, una voz silenciosa, una oscuridad que fluía y se densificaba estallando en imágenes resplandecientes.


En un determinado momento, el sueño fue adelgazándose y dejó pasar la luz del día. Akşemsettin se despertó bajo el sol y comprendió en los breves segundos que separan la vigilia del sueño lo que significaban aquellas visiones.


Llamó al Sultán y ordenó a sus hombres que escarbasen bajo el mismo lugar en el que había rezado. Allí encontraron una vieja lápida donde aún se leía en árabe “esta es la tumba de Eba Eyüp”. La historia posterior es bien sabida y sigue los designios divinos: el Sultán erigió una mezquita y años después, cuando ésta se hundió, un nuevo Sultán construyó otra aún mayor. Alabado sea Eyüp y los hombres temerosos de Dios.




Fotos: Xavier Marzal e Isa Sanz

¿Dónde está este lugar?


La historia está sacada de Strolling Through Istanbul de Hilary Sumner-Boyd y John Freely y de Estambul otomano de Juan Goytisolo.

martes 23 de junio de 2009

Ispanyolsun, degil mi? (perdone que le moleste, ¿es acaso español?)


Sucede cuando caminas por Sultanhamet o Eminönü, por Beyazit o el Kapalıçarşı siempre en lugares turísticos llenos de yabancılar o extranjeros, que es lo mismo. Tú estás despistado mirando el Cuerno de Oro o la cúpula de una mezquita y no te das cuenta de que un turco te observa silencioso desde la entrada de su restaurante. Podría parecer una mirada inocente, pero no lo es en absoluto. Aunque no te des cuenta, ese cándido camarero rastrea en ti un detalle que consiga identificarte con un grupo social, un país, una lengua. Ya está, eres español, no puedes engañarle. Ahora ya puede acercarse a ti con una amplia sonrisa y decirte “hola caracola” o cualquier otra gilipollez similar sabiendo que a ti, cuanto menos, se te escapará una sonrisa. Entonces, ya más relajado, estarás preparado para pasar a la siguiente fase del plan, esta mucho más arriesgada, que es hablarte del Barça (pronúnciese barcha) o el Madrid, o también de Luis Aragonés o Güiza, y después, cuando ya queda claro que a ti el fútbol ni fu ni fa, gasta sus últimos cartuchos ofreciéndote una lubina a un buen precio o mostrándote a la desesperada los meze en una bandeja.


Esto es verdad, todos lo sabemos, y además no es mi intención criticarlo. Yo haría lo mismo si tuviera que sacarme unas perras. A lo que voy es que resulta realmente sorprendente que ellos sepan, sin haber tú abierto la boca, de dónde eres. ¿Qué es lo que nos hace parecer español y no, por ejemplo, italiano o portugués? ¿Será que tenemos algo de Antonio Banderas, de Penélope Cruz, de Güiza (dios no lo quiera…)?


Para tratar de averiguarlo me he puesto a observar a grupos de españoles cuando caminan Istiklal arriba e Istiklal abajo. Han sido varios meses de un profundo y detallado estudio de cuyas conclusiones doy cuenta a continuación…


Dejando a un lado diferencias autonómicas, veo en el turismo nacional una tendencia a la vestimenta montañera tipo Decathlon (empresa francesa, por supuesto) y que incluyen como complemento bastante extendido botas de montaña especialmente apropiadas para ciudades asfaltadas como esta. No siempre es así, claro. A veces también hay una cierta sofisticación, aunque siempre acompañada de algo de sencillez o de descuido, de una voluntad de señalar que no somos esclavos de la moda que nos diferencia, por ejemplo, del delirio dolcegabbánico de muchos italianos. Este espíritu cercano y falto de pretensiones que nos caracteriza, esta sensación de que al final somos también un poco paletos, nos hace ser diferentes también a nuestros amados vecinos franceses que poseen de nacimiento una especie dignidad o de –llamémoslo así– refinamiento en todo lo que hacen. Respecto a nuestros otros vecinos, los portugueses, me es más difícil establecer una diferencia. Tal vez responden más al prototipo pijo-clásico (que no al pijo moderno más extendido en España) en el que abunda el pelo engominado, camisas de cuadros y hasta náuticos. Creo sin embargo que es su actitud la que marca la diferencia ya que no gritan ni llaman la atención sino que pasan por Istiklal un poco de incógnito y son siempre difíciles de identificar. Respecto al resto de las nacionalidades no hay problemas: son todos o rubios o altos o con obesidad mórbida (a veces todo esto a la vez), así se sabe perfectamente que no son nosotros. Y los turcos, ¿cómo podremos identificarlos si un día los vemos paseando por las Ramblas o la Puerta del Sol? Me parece que tienen un estilo similar a los italianos del sur pero con algo (no sé exactamente definir el qué) decididamente moruno. ¿Que no?



Fotos: Laura Leal Leturia y Pipiola Vidal Durán

martes 16 de junio de 2009

Lotófagos, isla de los


"Situada en medio del Mediterráneo, en sus costas de arena amarilla sopla una brisa que recuerda el suspirar de un soñador hastiado y los días parecen en ella una interminable tarde.
La isla está habitada por indígenas que se alimentan de flores de loto y consiguen de este modo olvidar las preocupaciones propias de los mortales. Estos indígenas suelen invitar al viajero a compartir su mesa. El incauto que pruebe estas flores ya no querrá regresar a su patria y sólo partirá si le obligan. Aquel que acepte la comida de los lotófagos verá perderse la costa en la distancia y oirá, lejanas y débiles, las voces de sus compañeros, como si proviniesen de una tumba. Aún despierto, sentirá que duerme. Más aún oirá una música desconocida y no sabrá que es su propio corazón latiendo en sus oídos."

Tomado de la Breve guía de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi (Alianza Editorial). Ellos a su vez lo tomaron del poema "The Lotus Eaters" de Lord Tennyson. Por supuesto, todo esto tiene su origen en Homero y su Odisea, seguramente el primer libro de viajes de la historia.

Las fotos son de Isabel Sanz tomadas en la isla de Poros (¿la isla de los Lotófagos?) durante un caluroso verano de pescadito, ouzo y aguas turquesas.

jueves 4 de junio de 2009

La historia que pudo ser


Cristóbal Colón no consiguió descubrir América porque no tenía visa y ni siquiera pasaporte.
A Pedro Alvares Cabral le prohibieron desembarcar en Brasil porque podía contagiar la viruela, el sarampión, la gripe y otras pestes desconocidas en el país.
Hernán Cortés y Francisco Pizarro se quedaron con las ganas de conquistar México y Perú porque carecían de permiso de trabajo.
Pedro de Alvarado rebotó en Guatemala y Pedro de Valdivia no pudo entrar en Chile porque no llevaban certificados policiales de buena conducta.
Los peregrinos del Mayflower fueron devueltos al mar porque en las costas de Massachusetts no había cuotas abiertas de inmigración.

Eduardo Galeano.
El viaje
reproducida sin autorización ninguna.

Imagen de Jaime Zapata.

lunes 25 de mayo de 2009

los pueblos fantasmas (o el fantasma de los pueblos)



Si hay un pueblo fantasmagórico en Turquía ese es Kayaköy (pueblo de piedra, en castellano) cerca de Fethiye. Ese es su nombre turco, claro, porque este lugar (conocido por los turistas como ghost town), es en realidad Levissi (Λεβισσι), una población griega que tuvo que ser desalojada después de la guerra greco-turca.
Sin embargo, nada de esto sabía cuando llegué a él. Buscaba restos licios (había visto en la guía palabras como stone y ruins y no seguí leyendo) y en su lugar me encontré con cientos de casas de hormigón que, sin ventanas ni tejado, se agolpaban en la ladera de una verde montaña. Después de un momento de confusión, me decidí a entrar al pueblo y seguí las flechas que dirigían a la iglesia en ruinas, la gran atracción del lugar. Como buen turista buscaba algo que mirar, pero en aquel sitio no había restos, ni siquiera camas herrumbrosas o pintura desconchada en las paredes. Parecía que en su exilio hacia Grecia sus habitantes hubieran querido borrar su rastro, destruir para siempre el lugar que había sido su hogar. A mí, aquella monotonía de casas vacías e idénticas me producía confusión, cierta deriva. Me sentía perdido, vamos.
Era principios de Abril y, haciendo honor a su nombre, el pueblo fantasma estaba bastante vacío. Las únicas personas que encontré, una pareja de británicos con la que intenté mantener una conversación, me recomendaron con afilada cortesía que lo mejor que podía hacer era dejarlos tranquilos e irme a Ölüdeniz (mar muerto), en la costa. Yo tampoco sabía bien que hacer en aquel lugar, así que crucé el pueblo y subí hasta lo alto de la colina por un caminito de montaña. Desde allí, entre los árboles, se veía el mar, y el resto del paseo fui un lento descenso frente un Mediterráneo azul pálido.
Después de unas dos horas caminando entre una exultante naturaleza primaveral y vistas de la costa emociontes hasta la lágrima, llegué a Ölüdeniz, pueblo del que tampoco tenía una imagen previa. Cuando llegué me sentí nuevamente perdido, más perplejo que fascinado ante todos aquellos campings vacíos, resorts en obras y bares playeros cerrados. Como ya he dicho, era principios de Abril y con unos pocos de turistas a la vista el lugar parecía tan fantasmal como el pueblo que había dejado en lo alto de la montaña...
Recuerdo que tomé un té en un restaurante junto a la playa y que los camareros me miraron con cierta curiosidad. Entre la mochila y el bigote que me había dejado para tratar de pasar desapercibido (y que producía el efecto contrario) debía parecer un poco ridículo, fuera de lugar entre lo turistas recién afeitados que iban en bañador y camiseta a pesar del frío. Atardecía y el pueblo se volvía cada vez más silencioso y oscuro. Recuerdo que tuve un ataque de soledad y desee escapar, aunque seguramente no hacía ni falta. Me encontraba ya muy lejos de todos aquellos paisajes, como viéndolos a través de fotografías que ni siquiera eran mías. Aunque tal vez no era el pueblo el que se desvanecían sino yo mismo. Nadie se había dado cuenta de mi presencia y empecé a dudar de mis propias impresiones, de mi criterio, de mis necesidades. ¿No sería acaso que, después de todo, era yo el único fantasma?



Fotos: Kayaköy en primavera y Ölüdeniz en temporada baja
Fotos de VillaRahpsody

¿Dónde están estos lugares?

lunes 11 de mayo de 2009

Viaje a Qala’at Samaan (San Simeón el estilita y V)


En este blog se ha hablado mucho de Buñuel y la leyenda dorada, de San Simeón, su columna y sus heridas, pero aún no se ha dicho nada de Qala'at Samaan, el lugar donde la leyenda del santo eremita toma forma. De esta manera, si quieres llegar hasta el final de esta historia, tendrás que viajar hasta Aleppo (Siria) y buscar una destartalada y polvorienta estación de autobuses cerca del zoco. Una vez allí cualquiera de esos hombres que cubren con un palestino la cabeza te indicará cómo ir al pueblo de Daret Azze cerca del monasterio (aunque tal vez es mejor que en lugar de pronunciarlo señales el nombre en la guía, donde aparece escrito con caracteres árabes.) Seguramente algún minibús con esa dirección estará saliendo o a punto de salir.
El viaje es largo, y en el minibús pasarás el tiempo observando el paisaje arruinado y la dignidad silenciosa de los otros pasajeros. Casi al final del trayecto el conductor te ofrecerá en un inglés macarrónico llevarte por unas libras más hasta la entrada del monasterio. Sabes que así te ahorrarás 6km. de caminata y aceptarás después de un pequeño regateo tras el que te sentirás (una vez más) estafado. Pero de cualquier manera es pronto en la mañana y prefieres reservar fuerzas para el regreso. Estás tan convencido de que los transportes van a ser difíciles que habrás salido pronto desde Aleppo, tal vez demasiado dado que al llegar a las ruinas las encontrarás vacías y cerradas. Sentirás un cierto pavor cuando el minibús se marche dejándote solo, pero pronto verás que junto a la puerta hay una salita con algunos suvenires, bollos y un sillón donde un guarda bigotudo se despereza. Éste sonreirá con cierta sorna al verte llegar, pero no hará preguntas y te abrirá la puerta del recinto sin ponerte problemas. Aun pasará media hora hasta que las ruinas estén oficialmente abiertas, una para que aparezcan los primeros turistas…

Una vez en Qala'at Samaan no encontrarás ningún resto de la columna del santo ni de la gran cúpula que la cobijó durante siglos. Para completar el paisaje deberás hacer un esfuerzo y colocar los capiteles caídos sobre sus antiguos pilares, la techumbre de madera sobre los muros que quedan aún en pie. Es posible que el silencio te haga evocar las imágenes infantiles de la leyenda dorada y la espiritualidad surrealista del (san) Simón de Buñuel, y hasta puede que sientas al igual que este último las ensoñaciones de la soledad y del vacío. Aunque tal vez, asustado de encontrarte solo frente a tus pensamientos, te resulte más tranquilizador fijarte en los detalles y los datos que ya conoces. Encontrarás que las molduras de los arcos están labradas con la belleza sencilla del medioevo y puede que hasta recuerdes que la extraña planta de cruz griega con cúpula central es (según los entendidos) influencia de la desaparecida iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla. Todas estas ideas, también ellas llenas de huecos y silencio, se verán de pronto acompañadas por el canto de un almuédano que sube desde el pueblo. Mirando las ruinas centenarias bajo el cielo plomizo, el canto te resultará quebradizo y frágil, y al escucharlo te hará sentir el desconcierto del desierto y la quietud, de la distancia. Tal vez, cuando el último eco desaparezca entre las rocas, ya habrás dejado de sentirte solo y, más relajado, tendrás el valor para dejar que tus pensamientos viajen a su antojo por el paisaje desnudo. Esperarás entonces sobre un viejo capitel bizantino que los primeros turistas rompan la magia indicándote que ha llegado el momento de volver (de volver a los minibuses, los aviones y los metros, de volver simplemente, y retomar la vida que dejaste atrás).


Fotos: Isa Sanz
+ Fotos de Qala'at Saman

¿Dónde está este lugar?

 
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