viernes 6 de noviembre de 2009

un viaje vertical, rápido, irrepetible


Una de las imágenes más impresionantes de Estambul es la del estrecho del Bósforo con su puente, el único del mundo (junto al no muy lejano Fatih Sultan Mehmet Köprüsü) que sirve para unir dos continentes. Se trata de una inmensa construcción de ingeniería, tan descomunal que a su lado las mezquitas y los palacios otomanos se convierten en algo minúsculo, en restos exóticos de una vieja ciudad devorada por la urbe moderna.

Cada día decenas o cientos de turistas fotografían el puente desde los barcos que hacen toures por el Bósforo. Si tuviera cámara yo también lo haría, y es que hay pocas cosas tan contradictoria y complementariamente bellas como los fríos pilares de hormigón y la mezquita barroca de Ortaköy, entre el mar que pasa como un río y la ciudad desproporcionada que crece en sus orillas. ¿Cómo se verá aquel paisaje desde arriba? ¿El agua del Bósforo se transformará en una masa dura y metálica, tal como imagino?

Llevo tiempo queriendo saberlo pero desgraciadamente –y con la única excepción del Maratón euroasiático que cada octubre organiza el ayuntamiento de la ciudad– resulta imposible cruzar el puente a pie. La razón es sencilla: las decenas de estambulíes que durante años se han ido tirando al vacío desde allí. Estos suicidas provocaron –al igual que las plagas de perros callejeros o la comunicación entre Taxim y Şişhane– problemas que debían ser solucionados. La alcaldía de Estambul decidió por ello prohibir la entrada de peatones en el puente, medida que, aunque redujo su número, no logro acabar con las muertes.

Esta prohibición hace que mucha gente aquí (y también yo, por supuesto) establezca identificación entre puente y suicidio. Según parece, simplemente en el año 2002 casi 40 personas murieron al saltar desde el puente, lo que ya es bastante si pensamos en lo difícil que es llegar hasta él. El último, al que los periódicos llaman Yaşar Ölmez, saltó precisamente durante el último maratón, cuando se podía pasar andando. ¿Pero por qué? ¿Qué es lo que hace que el puente del Bósforo se haya convertido en el símbolo del suicidio de Estambul?

Volvamos al malogrado Yaşar Ölmez y hagamos el esfuerzo de imaginar a este hombre de 43 años caminando deprimido entre una multitud en chándal. Decidido, calibra desde la barandilla si los 64 metros que lo separan del mar serán suficientes para matarlo. Ölmez se quita la gabardina y deja cuidadosamente el paraguas sobre el asfalto (extraño gesto) sin dejar de echar miradas furtivas a la gente, temeroso de que alguien perciba sus intenciones y llame a la policía. Porque aunque suicida, Ölmez no es tan tonto como para no saber que lo que quiere hacer es, además de algo tremendamente triste, un acto prohibido y hasta peligroso. Debe en consecuencia actuar con rapidez y decisión, así que Ölmez se ve obligado a tomar aire y pasar dificultosamente una pierna sobre la barandilla, la otra, y a saltar enseguida para evitar que algún corredor amante de la vida le agarre. Triste, ¿no? ¿Es acaso este el suicidio que podríamos esperar de un lugar tan bello e imponente como el Bósforo?

Pero este ejemplo no es ni con mucho el peor, sino más bien lo contrario. Imaginemos que no nos convenció lo del maratón o que ese día nos venía mal o que nuestra angustia es tan fuerte que no podemos esperar hasta octubre. Imaginemos además que ni siquiera tenemos coche, lo que dificulta aún más nuestras pretensiones. Podemos alquilar uno (total, nunca lo vamos a pagar) aunque tal y como dicen los estudios sobre el tema, lo suyo es que vayamos en taxi como hicieron más de la mitad de los suicidas contabilizados hasta el 1995 (fuente Forensic Science Internacional). Si la historia de Ölmez resulta ya triste (más triste que lo triste que puede ser un suicidio, quiero decir), el hecho de alquilar un taxi para tirarse desde al Bósforo es simplemente lamentable. No se me ocurre nada peor que inventar una excusa para que el taxista que nos lleva de Beşiktaş a Kadıköy se pare en mitad de un puente sin que haya un atasco para impedírselo. ¿Qué le puedes decir, qué estás mareado y vas a vomitar o que le pagas 200TL más por el capricho de hacer una foto desde el puente? Sea como sea, seguro que el hombre te escudriñaría largamente a través del retrovisor y tú tendrías que interpretar el papel, algo que no debe resultar nada fácil cuando tu mente hierve llena de problemas e ideas macabras…

Puestos a imaginar, estoy convencido de que, incluso si convenciéramos al conductor, este detuviera el coche en el arcén y tratásemos de abalanzarnos al abismo, habría algo que no saldría bien. Nos tropezaríamos con el bordillo o tal vez el taxista, asustado de que no le fuéramos a pagar, nos seguiría hasta agarrarnos fuerte del hombro. No, no, imposible, nos diría subiendo la cabeza mientras chasquea la lengua, ¿no ves que estas no son las formas? Y aunque no entendemos nada de su idioma sabemos perfectamente que tiene razón y que uno no puede matarse sin más, sólo porque su novia le engaña o le echaron del trabajo. El suicidio tiene su tiempo y sus normas y no se puede hacer a las bravas ni siquiera en el Bósforo (mucho menos en el Bósforo), con las bellas cúpulas de Sultanahmet al fondo.

Así que si alguien ha leído hasta aquí y tiene tendencias suicidas y vive o va a venir a Estambul, le pediría que no subestimase el tráfico y las dificultades para llegar al puente, ni siquiera la posibilidad de acabar estampado sobre un carguero de los muchos que cruzan diariamente el estrecho. Suicidarse desde el puente no es romántico, y me gustaría pensar que Yaşar Ölmez (curioso nombre para un suicida, ya que su apellido significa “inmortal”) ha sido el último en intentarlo. Si él hubiera leído estas líneas tal vez nunca se hubiera quitado su chaqueta y dejado su paraguas sobre el asfalto en aquella mañana gris (extraño gesto). Tal vez nunca se hubiera apartado de la multitud para emprender aquel viaje vertical, rápido, irrepetible.

Imagen de Mustafá Turgut y cuadro de Leonardo Alenza (1807 - 1845) sobre los románticos suicidas.
¿Dónde está este lugar?

lunes 26 de octubre de 2009

La casa de los esclavos de Gorée


Gorée es una minúscula isla situada frente a las costas de Dakar, un lugar tranquilo, bonito y turístico. Merece la pena darse un paseo por sus calles adormiladas y subir hasta el fuerte donde aún quedan cañones de la segunda guerra mundial, aunque lo más interesante es sin duda su inquietante casa de los esclavos (Maison des Esclaves más concretamente, que estamos en la francophonie), el único de los muchos “almacenes de esclavos” que aún queda en la isla.

A pesar de la historia macabra que oculta, la mansión de los esclavos es un bello edificio de dos pisos distribuidos a través de un pequeño patio interior. Dos escaleras ligeramente combadas llevan a la planta superior donde vivían los esclavistas, oscuros holandeses y franceses que defendían con armas de fuego y grilletes su superioridad racial. Algunas de estas armas aún pueden encontrarse en la sala, utilizada ahora como un pequeño museo de la historia de la esclavitud. Aunque nunca he estado muy interesado en el tema, tengo que reconocer que me quedé fascinado leyendo (o más bien, tratando de leer, porque mi francés es casi nulo) todos aquellos carteles que hablaban, entre otras cosas, del comercio triangular en la que los barcos traían a África armas, llevaban a América esclavos y regresaban a Europa cargados con los productos del nuevo mundo. Somos malos los europeos, bien malos, me decía al mirar todo aquello, aunque al menos me aliviaba saber que los españoles no habíamos sido los peores. Resultaba eso sí siniestro imaginar un negocio como aquel, y por un momento pensé en qué pasaría si me dedicase al esclavismo. Seguramente tendría que discutir cada día con los proveedores y hacer facturas tipo “3 niños, 2 adultos…”. Necesitaría incluso reclamar pedidos cuando me tratasen de colar a algún esclavo en malas condiciones o el modelo nubio por el zulú, que como todo el mundo sabe no tiene la misma resistencia ni capacidad de carga.

Aún así, imagino que la parte más oscura de todo aquel gigantesco negocio no eran precisamente las facturas sino la mercancía en sí misma. Alrededor del patio de la “mansión” encontramos las celdas que sirvieron durante años para separar las mujeres de los hombres y niños. Aquellos habitáculos me parecieron oscuros y demasiado pequeños si tenemos en cuenta que Gorée fue uno de los centros mundiales del esclavismo. Los turistas que encontré allí mantenían al ver todo aquello la respiración y parecían algo angustiados, abochornados seguramente por todo lo que sus (nuestros) antepasados hicieron. Creo que al mirar aquellas salas imaginaban decenas de cuerpos negros hacinados en la oscuridad y casi sentían las respiraciones agitadas y el olor fuerte de la sangre y el sudor. Las habitaciones más tétricas por otra parte están detrás de las escaleras, bajo la amplia sala en la que vivían los esclavistas. La única luz que las ilumina entra a través de una puerta que se abre al mar. Agobiado por la sensación claustrofóbica que produce aquel lugar, me acerqué a aquella puerta deseando escapar de allí, pero tuve que detenerme al ver escritas sobre la pared cientos de frases de indignación y tristeza sobre la esclavitud. “La esclavitud nace de la ignorancia”, “no dejemos que se repita de nuevo” o (esta en inglés) “no me arrepiento de que mis padres fueran esclavos sino de haberme alguna vez arrepentido de ello”. Así leídas en un blog de viajes parecen un poco tontas, ya lo sé, pero impresiona encontrártelas en un lugar como aquel. Imaginé que habían sido escritas por los afroamericanos (y no me refiero sólo a los estadounidenses) pensando en la manera en la que sus antepasados salieron de África…

Pero en este punto yo ya había tenido demasiado de la historia de la esclavitud y, medio mareado, lo único que deseaba era cruzar aquella puerta (la conocida como porte sans retour) para sentir el aire fresco. Es la libertad, pensé al salir a aquella especie de puerto rocoso en donde se escuchaba al fin el rumor del mar. No me di cuenta sin embargo de lo paradójico de mis palabras. Porque, según la tradición, los navíos negreros esperaban frente a aquellas rocas a los cargamentos de esclavos y era fácil imaginarlos frente al mar inmenso caminado encadenados como animales. Desde allí viajarían a las plantaciones de Brasil, Estados Unidos y Cuba en donde construirían la riqueza de las naciones europeas con su extraordinaria resistencia física. Aquellos hombres y mujeres dejaban atrás su casa y su familia pero sobre todo, tal vez lo más importante, una sensación de humillación y derrota que terminó ocupando todo el continente. Porque en el fondo la idea que de que los blancos somos poderosos y los negros pobres estúpidos es la primordial en las relaciones que Europa ha mantenido con el África negra. Aún hoy en día las cosas no han cambiado mucho y nosotros tenemos proyectos, poder y dinero mientras ellos siguen sirviendo para hacer el trabajo duro y poner parches allí donde el mundo desarrollado lo necesita. ¿O es que acaso no es así?




Foto de Armando Villena y vídeo de Caetano Veloso sobre la esclavitud (Dia 13 de maio em Santo Amaro na Praça do Mercado Os pretos celebravam (Talvez hoje inda o façam) O fim da escravidão, da escravidão, o fim da escravidão...)

¿Donde está este lugar?

sábado 10 de octubre de 2009

mon diarrhée


Había escapado de ella durante la semana que llevaba en África, pero sabía que tarde o temprano me alcanzaría. Fue en Djiffer cuando al fin lo consiguió, en un pueblo de pescadores situado a la entrada del delta del Siné Saloum.

Todo comenzó en un modesto restaurante de paredes desconchadas en el que comíamos y regateábamos el precio del viaje con el piragüero. Hacía mucho calor y me sorprendió ver paseándose tranquilamente dos enormes cucarachas sobre el piso. En realidad aquella imagen no resultaba tan inusual –las cucarachas, la tranquilidad y el tamaño desmesurado de cualquier cosa son rasgos distintivos de África– pero unida al sudor que nos envolvía y la pesadez de las moscas me hizo tomar conciencia de su presencia. No había duda, la diarrhée estaba allí, había que tener cuidado.

De acuerdo, 20.000cfs, acordamos finalmente con el tipo convencidos de que era imposible bajar más el precio. Pero como teníamos el síndrome del turista que quiere verlo todo, le dijimos que antes de partir íbamos a dar una vuelta por el pueblo. Pas très intéressant dijo encogiéndose de hombros (tal vez cualquier otra cosa, el francés es siempre un misterio para mí), pero nosotros no hicimos caso a su recomendación y salimos a caminar con el sabor del aceite de palma aún en la garganta. Era, por cierto, la hora de más calor.

Aparte de dos o tres restaurantes tan destartalados como aquel en el que habíamos estado, el pueblo no era más que un puñado de casitas tristes que crecían entre el barro y la basura. Buscando algo más sugestivo nos acercamos a la playa que servía de puerto. Vimos como iban llegando las piraguas de las que se descargaban entre gritos cubos llenos de pescado. Había también un pequeño mercado y no demasiado lejos montones de basura, conchas de caracoles gigantes y peces que, caídos de los cubos, se pudrían entre la arena. En aquel lugar, como en tantas otras partes de África, los olores de la comida se mezclaban con los de la descomposición y era difícil de soportar el hedor, sobre todo si caminabas a través de los tenderetes de madera donde el pescado se dejaba secar durante meses. Este sistema es uno de los métodos de conservación más comunes en Senegal y resulta fácil encontrar en los mercados de todo el país el pescado acartonado y oscuro que queda después del proceso.

Cada vez estaba más cerca, lo sentía. La enfermedad se iba haciendo fuerte a mi alrededor y yo no podía hacer nada por evitarlo. Aún así conseguí esquivarla durante unos minutos, aguantar el inmiente retortijón hasta que, entre la basura, los niños y la gente que comía u orinaba, me la topé cara a cara materializada en una oveja en estado de descomposición. El animal, con el cuello quebrado y un aspecto supurante, exhalaba un olor caliente y denso que, al mezclarse con el de la comida que acababa de ingerir, me cortó de un golpe la digestión.

¿Qué podía hacer yo ante eso? Nada más que abandonarme a mi destino, dejarme llevar. Je vous attendais le susurré a la enfermedad para darle la bienvenida. Y así comenzó la historia del viaje a África que compartimos mon diarrhée el moi. Juntos vivimos muchas aventuras, tantas que no cabrían en este blog. Intentaré eso sí escribir las más interesantes ahorrándome por pudor los detalles más íntimos.


Fotos de Julia Sundar y jpereira.
¿Dónde está este lugar?

martes 29 de septiembre de 2009

les africaines


Hasta donde sé, los africanos son serviciales e ingenuos, sensuales y pacientes, rudos, atléticos, hospitalarios… Sin embargo, por mucho que le de vueltas, no consigo recordar si me resultaron más serios que sonrientes (o al contrario). Y me gustaría saberlo.


Durante el viaje a menudo los vi agobiados, aplastados por la ociosidad o resistiendo con su fortaleza sobrehumana el rigor del calor y el trabajo. Pero también los recuerdo riendo con la boca abierta, riendo de verdad, como sólo pueden hacer quienes no viven angustiados por el futuro.


Mi inquietud surge porque anoté en la libreta que parecían serios, y me pregunto si no tendría más razón entonces que ahora, que estoy lejos de África y sólo consigo recordar blancas sonrisas. Seguramente escribí estas palabras durante algunas de las infinitas horas que pasé aguardando autobuses que nunca salían, observando desde mi desesperación como el calor les iba sumiendo (en palabras de Kapuściński ) en un estado de inerte espera. Recuerdo que en aquellos momentos todo se aquietaba a mi alrededor y hasta los niños, que en cualquier otro lugar del mundo llorarían desesperados por el aburrimiento, parecían acomodarse en aquel vacío caliente. Era tal vez en ellos en los que más me sorprendía encontrar esta seriedad, sobre todo cuando descubría por casualidad en sus miradas una expresión adulta que siempre me dejaba helado.


Pero si pienso en la seriedad de los africanos lo primero que me viene a la mente son mujeres caminando erguidas y moviendo sus culos respingones de un lado a otro, mujeres sorprendentemente elegantes si tenemos en cuenta que cargan en su cabeza pesados barreños y niños adormilados a la espalda. Muchas veces creí ver en su rostro algo hierático y serio, una especie de dibujo geométrico que me recordaba a las máscaras del museo de Bamako. Al visualizarlas con sus ropas de colores, limpias y cuidadas a pesar del barro y el trabajo (siempre más duro que el de los hombres), me doy cuenta de que detrás de esta aparente seriedad tal vez se esconde el silencio de la llanura y la cadencia del trabajo. Quizá sea sólo eso: kilómetros, kilos, horas… Y pensándolo así, es a su vez posible que la pregunta con la que comienza estas líneas esté mal planteada y sea una estúpida generalización (¿cómo se puede decir que un pueblo o un continente es sonriente o triste…?), tan estúpida que obligue a estas palabras a deshacerse en el mismo vacío que las originó.


Porque lo único que puedo realmente decir sobre los africanos (¿es posible definirlos con una sola palabra?) no se refiere a sus miradas tristes o sus rostros hieráticos, sino más bien a su capacidad de seguir riendo a pesar de la ausencia crónica de cosas imprescindibles. Ellos son tan capaces de estar horas sin moverse como de morirse de risa, y cuando se ponen a esto último lo hacen con ganas, nada de posados del facebook donde nunca he visto los dientes ni la campanilla a nadie. Y añado que en todo el tiempo que estuve en África, en todas las ocasiones en las que me fui topando con aquella tristeza o solemnidad antigua que en vano trato de definir, nunca encontré en las gare routière ni en los autobuses ni en los sept place la esquizofrenia con las que me he cruzado tantas veces en el metro de Madrid. Y eso sí es como para escribir una entrada de un blog, tal vez la siguiente. Porque esta, hasta donde yo sé, iba de los africanos y su tristeza y no de nuestra ansiedad enfermiza ni del mundo de bienes –tan triste– que hemos creado a nuestro alrededor.

martes 15 de septiembre de 2009

Los Colores de África


Fuimos hasta Djifer en un 4x4 de una pareja de franceses junto a sus tres niñitos de nombres tan extravagantes como Adele, Leonidas y Teofile (es importante llamar adecuadamente a los hijos de quien te lleva en su coche). Éramos en total seis personas y, aunque un poco apretados, al menos Isa y yo estábamos contentos de habernos ahorrado esperar durante horas al transporte público, infinitamente más lento y cargante que aquel coche lleno de flotadores, cochecitos y biberones. Incluso los niños estaban tranquilos y es que tras la ventana se extendía África, lo que es más que suficiente para mantener alegre y expectante a cualquiera. Con los ojos bien abiertos, los niños, Isa y yo mirábamos la pista arcillosa (rojo intenso), el cielo y las nubes (tan densas que parecían en relieve), los baobabs, las palmeras (de un verde brillante), las lagunas y, a lo lejos, el mar (líneas azules, resplandecientes). Los colores eran, como tantos otros aspectos en África, fuertes y violentos. Parecía que la luminosidad no era un reflejo del sol sino que surgía del interior de cada cosa.

The colors are…so bright me arriesgué a decir en inglés, no muy convencido de que me estuviera expresando con corrección. No importó demasiado ya que, tal vez porque los franceses no suelen dominar el inglés o porque estaban más preocupados en esquivar charcos o cuidar de los niños, no obtuve respuesta. No quise repetirlo y arriesgarme a comenzar otra conversación vacía y lánguida, así que callé. En realidad el silencio no era incómodo e invitaba a adormecerse y mirar el paisaje como si fuera una película, las imágenes que acompañaban a la canción de Ismaël Lô que desde hace días tenía en la cabeza. Afrika... Afrika, mon Afrique.




Foto por Luca Bruno


¿dónde está este lugar?

domingo 30 de agosto de 2009

Grecia y Turquía, Turquía y Grecia.



Cuando por fin llegué a Grecia todo me pareció a un tiempo igual y distinto a la Turquía que había dejado atrás. El paisaje era similar, pero todo estaba de repente escrito en griego (ελληνικά) y en lugar de mezquitas había iglesias que, en lugar de las cinco llamadas diarias a la oración, daban de tanto en tanto alguna campanada. También había, por supuesto, diferencias sutiles, pequeños detalles de los que uno no se da cuenta inmediatamente pero que poco a poco van saliendo a la luz. ¿Cuáles? A mí se me ocurrieron al menos siete...


  1. En Grecia, la gente se pone tibia a frappé. En Turquía, incluso en verano, la gente bebe compulsivamente çay (té).


  2. En Grecia lo primero que hacen los camareros cuando te sientas es traerte un vaso de agua, en Turquía -donde los camareros son mucho más atentos y numerosos, todo hay que decirlo- su obsesión es arrebatarte el plato tres segundos después de haber terminado de comer.


  3. En Grecia en cada pueblo hay un bar con auténticas botellas de alcohol y mesas de madera. En Turquía siempre hay una cafetería (antiguamente llena de humo) donde los vejetes beben té, juegan a las cartas y al backgammon sobre sillas y mesas (generalmente) de plástico. No hay ni rastro de alcohol, por supuesto.

  4. En Grecia las abuelas visten de luto y las jóvenes van tan desnudas que a alguna se le va a salir una teta. En Turquía hay algo de recato en el ambiente y, la última moda entre los conservadores es el “burkini”.


  5. En Grecia los jardines están más cuidados y las casas (siempre encaladas) tienen detalles azules que les dan un toque marítimo. En Turquía hay casas a medio destruir, muchas casas de madera y tienen la costumbre de cubrir las fachadas con gresites de piscina.


  6. En Grecia la gente es más reservada y tal vez más seria. En Turquía aman a los extranjeros, lo que es de agradecer.


  7. En Grecia y en Turquía, además del anís (¿Ouzo o Rakı?), el queso de cabra (¿feta o beyaz peynir?) y por supuesto el yogurt, aman el plástico por encima de todas las cosas. No tienen además ningún problema en tirarlo al mar, tal vez porque piensan que la suciedad en lugar de quedarse en su playa acabará en la de sus odiados vecinos. ¿Pero es que acaso no es el mismo mar?



fotos, como de costumbre, sacadas de flickr

jueves 13 de agosto de 2009

El viaje lésbico


Cuanto más cerca estaba de Lesbos más nervioso me ponía. Llevaba ya casi una hora en el ferry y se distinguían claramente sus montes y pinares, el castillo y las casas blancas de la ciudad a la que -sin saber aún como se llamaba- inevitablemente me dirigía. Veía todo eso y seguramente muchas más cosas sin llegar a hacerme una idea de cómo sería la isla. Porque aunque pudiera parecer lo contrario, odio llegar a los sitios sin ninguna información, sin una triste Lonely Planet y su referencias cool de hostales y restaurantes. Pero Turquía estaba cada vez más lejos y Grecia cada vez más cerca y el barco seguía su camino. No podía hacer otra cosa más que esperar, esperar lo desconocido, claro.
Decidí entonces sacar información del puñado de turistas que se acompañaban en la cubierta del ferry. Comencé a escudriñarlos bajo las gafas de sol tratando de ser lo más disimulado posible. Mi mirada se fue posando sucesivamente en un grupo de alemanes orondos, en un matrimonio con niños y en una pareja joven que se besaba, se enfadaba y se volvía a besar cada diez minutos. También había un joven con el pelo largo preso del rock épico que retumbaba en su i-pod, así como un grupo de griegas cuarentonas que se decían entre sí -o al menos lo imaginé, dado que hablaban en perfecto griego- lo barato que era Turquía y la pena que daba ver a las mujeres sometidas por tanto bigotudo…

Esta visión me hizo pensar que Lesbos debería ser un sitio turístico como cualquier otro, idea que no recuerdo bien si me tranquilizó o me puso aún más nervioso. De cualquier manera ya sabía algo más de la isla aparte de los (estúpidos) horarios de ferry, lo que era sin duda un punto positivo, y podía dedicarme más tranquilamente a pensar en cómo podría ser mi viaje y en qué podría hacer en un sitio así. En eso estaba pensando precisamente cuando descubrí en una esquina a unas turistas que se habían escapado a mi análisis y que de alguna manera rompían con mi idea de Lesbos como lugar de turismo familiar. Se trataba de dos corpulentas mujeres que, apoyadas una sobre la otra, miraban en silencio el horizonte. Hablaban inglés y el pelo corto y rubio hacía resaltar su piel enrojecida por el sol. Estas mujeronas vestían además ropas modernas de colores llamativos -aunque no vivos-, colores saturados y tan poco naturales como los de las pinturas manieristas. Sí, es lo que estáis pensando: eran dos lesbos.

No pude evitar fijarme en ellas y creo que pensaron que era uno de esos turcos que censuran con su mirada todo lo que les parece extranjero. Yo no quería incomodarlas pero es que no podía apartar mi vista de ellas y no sólo porque fueran diferentes sino también -o sobre todo- porque eran las únicas que parecían tener conciencia del lugar donde nos dirigíamos. Era evidente que para ellas Lesbos significaba algo distinto que para el resto de los viajeros del ferry, que Lesbos era la isla de Safo, la isla lésbica.

A mi esta idea me sedujo mucho más que la de llegar a una especie de Benidorm griego, así que traté de mirar la isla con sus ojos e imaginé mi viaje a Lesbos como un paseo tímido entre cientos de mujeres corpulentas que, después de trabajar en los puertos y gasolineras, gastaban la tarde tomando gyros y cerveza en el paseo marítimo. “Por fin algo diferente" me dije emocionado con la idea de llegar a un lugar así.

Ahora sé que Mitilini -que es así como se llama la ciudad a la que ya casi estabamos llegado- es un sitio playero y convencional como tantos otros, pero aún así me gusta aún imaginarlo como un lugar a medio camino entre algunos bares de Chueca y el mito griego del país de las amazonas. Es por eso que a pesar de todo decidí que mi viaje no podía ser otro que recorrido por la isla de las lesbianas. Aquí está el inicio del relato que, al menos mentalmente, empecé a escribir en ese momento:

“Nada más llegar a la isla, una policía que comía con desgana un bollo grasiento me miró de arriba abajo mientras buscaba en mi pasaporte algún tipo de irregularidad. Comprendí en seguida que trataba de ponerme nervioso y tal vez por ello, o tal vez con el simple deseo de humillarme, me hizo algunas preguntas incómodas poniendo en duda mi sexualidad. Parecía querer medirme, provocar en mí una reacción que le permitiese hacer uso de la fuerza e impedirme la entrada a la isla, a aquella sociedad que, sin contacto con el mundo exterior, llevaba siglos siendo gobernada por y para las mujeres…”


fotos de druidabruxux y designdike

¿Dónde está este lugar?

 
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