un viaje vertical, rápido, irrepetible
Cada día decenas o cientos de turistas fotografían el puente desde los barcos que hacen toures por el Bósforo. Si tuviera cámara yo también lo haría, y es que hay pocas cosas tan contradictoria y complementariamente bellas como los fríos pilares de hormigón y la mezquita barroca de Ortaköy, entre el mar que pasa como un río y la ciudad desproporcionada que crece en sus orillas. ¿Cómo se verá aquel paisaje desde arriba? ¿El agua del Bósforo se transformará en una masa dura y metálica, tal como imagino?
Llevo tiempo queriendo saberlo pero desgraciadamente –y con la única excepción del Maratón euroasiático que cada octubre organiza el ayuntamiento de la ciudad– resulta imposible cruzar el puente a pie. La razón es sencilla: las decenas de estambulíes que durante años se han ido tirando al vacío desde allí. Estos suicidas provocaron –al igual que las plagas de perros callejeros o la comunicación entre Taxim y Şişhane– problemas que debían ser solucionados. La alcaldía de Estambul decidió por ello prohibir la entrada de peatones en el puente, medida que, aunque redujo su número, no logro acabar con las muertes.
Esta prohibición hace que mucha gente aquí (y también yo, por supuesto) establezca identificación entre puente y suicidio. Según parece, simplemente en el año 2002 casi 40 personas murieron al saltar desde el puente, lo que ya es bastante si pensamos en lo difícil que es llegar hasta él. El último, al que los periódicos llaman Yaşar Ölmez, saltó precisamente durante el último maratón, cuando se podía pasar andando. ¿Pero por qué? ¿Qué es lo que hace que el puente del Bósforo se haya convertido en el símbolo del suicidio de Estambul?
Volvamos al malogrado Yaşar Ölmez y hagamos el esfuerzo de imaginar a este hombre de 43 años caminando deprimido entre una multitud en chándal. Decidido, calibra desde la barandilla si los 64 metros que lo separan del mar serán suficientes para matarlo. Ölmez se quita la gabardina y deja cuidadosamente el paraguas sobre el asfalto (extraño gesto) sin dejar de echar miradas furtivas a la gente, temeroso de que alguien perciba sus intenciones y llame a la policía. Porque aunque suicida, Ölmez no es tan tonto como para no saber que lo que quiere hacer es, además de algo tremendamente triste, un acto prohibido y hasta peligroso. Debe en consecuencia actuar con rapidez y decisión, así que Ölmez se ve obligado a tomar aire y pasar dificultosamente una pierna sobre la barandilla, la otra, y a saltar enseguida para evitar que algún corredor amante de la vida le agarre. Triste, ¿no? ¿Es acaso este el suicidio que podríamos esperar de un lugar tan bello e imponente como el Bósforo?
Pero este ejemplo no es ni con mucho el peor, sino más bien lo contrario. Imaginemos que no nos convenció lo del maratón o que ese día nos venía mal o que nuestra angustia es tan fuerte que no podemos esperar hasta octubre. Imaginemos además que ni siquiera tenemos coche, lo que dificulta aún más nuestras pretensiones. Podemos alquilar uno (total, nunca lo vamos a pagar) aunque tal y como dicen los estudios sobre el tema, lo suyo es que vayamos en taxi como hicieron más de la mitad de los suicidas contabilizados hasta el 1995 (fuente Forensic Science Internacional). Si la historia de Ölmez resulta ya triste (más triste que lo triste que puede ser un suicidio, quiero decir), el hecho de alquilar un taxi para tirarse desde al Bósforo es simplemente lamentable. No se me ocurre nada peor que inventar una excusa para que el taxista que nos lleva de Beşiktaş a Kadıköy se pare en mitad de un puente sin que haya un atasco para impedírselo. ¿Qué le puedes decir, qué estás mareado y vas a vomitar o que le pagas 200TL más por el capricho de hacer una foto desde el puente? Sea como sea, seguro que el hombre te escudriñaría largamente a través del retrovisor y tú tendrías que interpretar el papel, algo que no debe resultar nada fácil cuando tu mente hierve llena de problemas e ideas macabras…
Puestos a imaginar, estoy convencido de que, incluso si convenciéramos al conductor, este detuviera el coche en el arcén y tratásemos de abalanzarnos al abismo, habría algo que no saldría bien. Nos tropezaríamos con el bordillo o tal vez el taxista, asustado de que no le fuéramos a pagar, nos seguiría hasta agarrarnos fuerte del hombro. No, no, imposible, nos diría subiendo la cabeza mientras chasquea la lengua, ¿no ves que estas no son las formas? Y aunque no entendemos nada de su idioma sabemos perfectamente que tiene razón y que uno no puede matarse sin más, sólo porque su novia le engaña o le echaron del trabajo. El suicidio tiene su tiempo y sus normas y no se puede hacer a las bravas ni siquiera en el Bósforo (mucho menos en el Bósforo), con las bellas cúpulas de Sultanahmet al fondo.
Así que si alguien ha leído hasta aquí y tiene tendencias suicidas y vive o va a venir a Estambul, le pediría que no subestimase el tráfico y las dificultades para llegar al puente, ni siquiera la posibilidad de acabar estampado sobre un carguero de los muchos que cruzan diariamente el estrecho. Suicidarse desde el puente no es romántico, y me gustaría pensar que Yaşar Ölmez (curioso nombre para un suicida, ya que su apellido significa “inmortal”) ha sido el último en intentarlo. Si él hubiera leído estas líneas tal vez nunca se hubiera quitado su chaqueta y dejado su paraguas sobre el asfalto en aquella mañana gris (extraño gesto). Tal vez nunca se hubiera apartado de la multitud para emprender aquel viaje vertical, rápido, irrepetible.

Imagen de Mustafá Turgut y cuadro de Leonardo Alenza (1807 - 1845) sobre los románticos suicidas.
¿Dónde está este lugar?








